Celia Jiménez Martín

Hay lugares que no desaparecen, solo se transforman en recuerdo.
Y hay recuerdos que no se piensan, se habitan.
El trabajo de Celia Jiménez Martín se construye desde esa tensión entre lo que permanece y lo que se pierde. Entre la materia y la memoria. Entre el paisaje y aquello que ya no está en él.

Sus imágenes no documentan, sino que rozan. Se acercan a los restos —una grieta, un objeto, un fragmento de tierra— como si en ellos aún latiera algo. Como si cada superficie guardara una historia que no termina de mostrarse del todo.

En ese gesto aparece una forma de mirar que no impone, sino que escucha. Una mirada lenta, casi detenida, que permite que el tiempo aflore en las cosas. Lo doméstico, lo natural, lo aparentemente insignificante, adquiere entonces un peso distinto: el de lo que ha sido vivido.

Su trabajo se mueve en ese límite donde la memoria deja de ser relato para convertirse en presencia.
Una presencia frágil, incompleta, pero profundamente arraigada.

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